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SLALOM

«El camino más directo no es necesariamente la única línea recta.»
— Andros Dresamore i  

 Nota crítica

por André de Sá Moreira

El artista se desliza entre los conos como un esquiador, pero sin esquís, sin nieve y, sobre todo, sin destino. Con las manos en los bolsillos, adopta la postura de un cuerpo semidespierto, dejando que la música asiática organice la trayectoria. La aceleración de la imagen produce una impresión de dominio accidental: no evita nada, simplemente sigue la curva de los obstáculos.

Este paseo es un gesto intermediario, una forma de suspender la planificación urbana a una lógica provisional. Los conos se convierten en faros sin autoridad, puntos de suspensión. La ciudad se asemeja de repente a una pista de esquí vacía de significado.

Transforma una acera común en un teatro de deslizamiento mínimo. Los bolardos, normalmente diseñados para restringir el movimiento, aquí se convierten en compañeros, casi personajes. La música asiática no evoca ni a China ni a Japón, sino a un espacio mental donde el tiempo se adelanta ligeramente. El espectador se preocupa: ¿y si toda la ciudad no fuera más que un eslalon involuntario?

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El movimiento nunca es frontal. Bordea, se ramifica, escapa con una estudiada despreocupación: sin participar, pero estando ahí. La imagen acelerada crea una ilusión de eficiencia, como si el artista realmente tuviera un objetivo. Pero no lo hay. El resultado es un poema de punto ciego, un deporte imaginario para habitantes de la ciudad a la fuga.

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Testimonio

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"Parece un juego de niños. Parece un entrenamiento inútil. Parece una forma educada de ocupar el vacío. El hombre camina rápido, pero sin urgencia". Los conos están alineados, la música no comenta nada, y aun así algo sucede: un breve instante donde lo absurdo se convierte en la única trayectoria posible. Después de eso, vemos las calles de otra manera."
— Aurélien Geschwind

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