PALOMA
«No huyen de inmediato, pero tampoco aceptan. Su umbral de tolerancia es muy preciso. Es diplomacia animal.»
— Andros Dresamore i

Nota crítica
por André de Sá Moreira
Al adoptar una postura no humana, sin disfraz ni comentario, Andros no actúa: habita. Involucra su cuerpo en un tenue, afectivo, casi ingenuo —pero rigurosamente mantenido— intento de cohabitación.
Esto no es una actuación animal ni una alegoría: simplemente un cambio, una negativa a erguirse, a situarse por encima de ella.
El contacto con el suelo precede a todo discurso. Es una atención sin lenguaje, una forma de hacerse disponible sin imponerse.
Las palomas, momentáneamente perturbadas, terminan tolerando esta presencia ambigua. Su respuesta —ni pánico ni bienvenida— encapsula la lógica de lo vivo: una indiferencia activa, una integración sin validación.
Aleteo, fricción de adoquines, movimientos vacilantes.
Una escena sin relieve simbólico, pero llena de profundidad sensible. Un plano estático donde nada avanza, pero todo se negocia. Un intento de infiltración sutil en una sociedad no humana ya cansada de nuestra presencia.